Cuentan aún hoy en día los más ancianos de la isla, la bella historia de las lejanas tardes frente al mar y de cómo, al ritmo del zarandear de las olas, compartían con curiosos y transeúntes el origen de uno de los mejores rones jamás vistos. Cuenta la leyenda de cómo un comerciante español que desembarcó en un viejo navío a mediados del siglo XIX en San Pedro Macorís, en aquel entonces llamada la joya del Caribe.
 
 
La solitaria figura del que, años después, todos conocerían como capitán Bennaser, pronto encandiló a grandes y pequeños en aquellos duros años de penuria y esclavitud. Ataviado de un espíritu afable y próximo, fue enseguida convertido en exitoso compañero de viaje en las noches de amistad y afecto. En una de esas holgadas noches conoció a un anciano y experto destilador de ron, que le brindó la oportunidad de saborear tal néctar, extasiando así su muy exigente paladar.
 

 
No dudó el capitán Bennaser de solicitar al bondadoso destilador, el poder disponer de tal preciada joya para su disfrute en sus largas rutas comerciales. Sabía el capitán que tenía en sus manos el secreto del auténtico ron dominicano, el cual guardó con especial adoración en un antiguo y misterioso relicario. Al cabo de un tiempo, aquél viejo comerciante desapareció de repente, tal como vino, llevándose consigo el secreto y preciado tesoro descubierto.
 
 
El viejo comerciante en su vuelta a las tierras que le vio nacer, disfrutó con gran complacencia de sus últimos días de vida. En el antiguo relicario, que pasó de generación en generación, reposaban pausadamente en su interior dos botellas de ron a la espera de ser compartidas por nosotros.
 

 
No fue hasta hace pocos años, que Beveland Distillers tuvo acceso a tal preciada reliquia, pudiendo descubrir y conocer el contenido de esas dos botellas de ron que se encontraban en su interior.
 

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